Las cuatro estaciones, por Francisco de Goya y Lucientes.

LAS PINTURAS DE GOYA PARA EL PALACIO REAL DE ‘EL PARDO’

Los trabajos de Goya a base de cartones para tapices de Palacio Real de “El Pardo” de Madrid llegarían para demostrar la maestría del pintor zaragozano y desmarcarse así en calidad artística de sus contemporáneos. De hecho la mayor parte de la colección de tapices con los que se decoraban las paredes salió de su mano (hizo 5 series de cartones para este lugar), eclipsando de este modo a otros partícipes de la materia.

Destacan muchos, como El baile a orillas del Manzanares o El quitasol, escenas todas ellas lúdicas y que dejan de manifiesto el gusto del rey de entonces Carlos III por depurar las escenas flamencas hacia un lenguaje madrileño y castizo, todo hecho en tapices procedentes de la Real Fábrica de Santa Bárbara y de ex profeso -exclusivamente- para cada pared.

El éxito alcanzado en los cartones para el Comedor de los Príncipes y el Dormitorio le sirvió a Goya para seguir amarrando encargos, esta vez para el Cuarto del Rey o Sala de Conversación, llamada así porque era el lugar donde el monarca hablaba con los Embajadores después de ciertas comidas. Es en esta sala donde Carlos III comía, curiosamente, y no en el comedor donde sería lo lógico, pues este último resultaría tan grande como frío, algo que no le ofrecería demasiado bienestar a un rey que ya peinaba canas.

Para decorar esta parte, se optó por las alegorías de las cuatro estaciones: el verano, el invierno y, al lado del balcón, la primavera y la vendimia. Las imágenes, sobre todo la del invierno, que parece la más dura, viene a recordarle al monarca una vez más la situación del pueblo llano cuando se acerca el frío, la lluvia y las tempestades. Pero, ¿por qué el invierno y no otra época del año? Tiene su sentido, pues Carlos III residiría en este palacio principalmente los meses que dura dicha estación.

Reconstrucción de la sala de Carlos III según José Luis Sancho en su estado original con los tapices de Goya, lugar en el que el monarcha charlaba con los embajadores después de cada comida.
Paredes: ESTE y SUR
Reconstrucción de la sala de Carlos III según José Luis Sancho en su estado original con los tapices de Goya, lugar en el que el monarcha charlaba con los embajadores después de cada comida.
Paredes: OESTE y NORTE


LAS ESTACIONES DEL AÑO
ORÍGENES.

Las estaciones del año siempre han dado que hablar. Por ejemplo, Hesíodo las considera “hermanas”, hijas de Zeus y Temis, relacionándolas con el avance de la naturaleza. Ovidio será otro de los que asiente la iconografía en alguno de sus textos:

"Allí estaba el joven Ver (Primavera), ceñido con una corona de flores, y Aestas (Verano), desnuda y portando guirnaldas de espigas, y estaba Auctummus (Otoño), manchado de uvas prensadas, y la helada Hiems (Invienro), con sus blancos cabellos desgreñados. (Metamorfosis II, 27-30)

El arte paleocristiano intentará continuar con la iconografía de las estaciones, como vemos en el mosaico del Oratorio del Buen Pastor, en Aquileila (S. V d.C). Las fuentes que hacen alusión a las estaciones del año son múltiples y variadas, con diferentes versiones según la época y el autor. Una muestra interesante es la que nos ofrece Joseph Justus Scaliger (1540-1609) en su libro Catalectorum, en el cual se resume de un modo impecable las cuatro fases del año. Se puede apreciar cómo le interesa resaltar en cada estación su esencia más clara e identificable, lo cual veremos en muchas obras de arte, como en las del mismo Francisco de Goya; esto es: “fértil, abrasador” “sarmientos” y “frío”:

“La fértil primavera arranca blandos dones a sus rosales
El abrasador verano exulta con los frutos recogidos
La cabeza coronada con sarmientos muestra el otoño
Y el invierno palidece con frío alado señalando su época”

Su texto continua asignándole a cada estación del año determinados dioses de la Antigüedad Clásica, como puede ser Venus (primavera), Ceres (verano), Baco (otoño) y termina asignándole a Eolo la esencia de los gélidos vientos al invierno.

El mismo Virgilio dejará constancia en sus Opúsculos describiendo y centrándose esta vez en los efectos que sobre los frutos causan las estaciones del año. Es una forma más de aludir al mismo tema, aunque desde un punto de vista distinto.

Del siglo XVI y tal vez más ricos son los estudios que hace Cesare Ripa en su libro Iconología, en el cual recoge todas y cada una de las fuentes referentes a las distintas estaciones del año. Por lo tanto será frecuente encontrar a la Primavera como una joven coronada de flores con chicos adolescentes jugando a su lado. Las diosas Flora y Venus suelen tener bastante que ver en ella, y en menor medida Proserpina. El Verano suele aparecer como una mujer fuerte, con espigas y de amarillo, relacionada con Ceres. El Otoño, como una mujer madura, ancha, con gran ropaje y rodeada de vid (en muchas ocasiones coronada). Y el Invierno como un hombre o mujer de edad avanzada (igual que el año natural) con muchas pieles y fuego para calentarse.

Muchos han sido los que han visto el paso del tiempo circular del año a través de representaciones que muestran fielmente la alegoría propiamente dicha. Un ejemplo de ello lo tenemos en la madrileña obra de Ventura Rodríguez, la llamada Fuente de Apolo, exponente de la escultura pública del Neoclasicismo donde las figuras ubicadas en la parte inferior hablan de lo que nos interesa. La figura que corona el conjunto, como no podía ser otra, es la del dios Apolo. Sin embargo está acompañado de varios personajes que no son otros que las alegorías de las estaciones, representadas tal y como marcan los cánones.

El otoño, con su racimo de uvas y su corona de hojas de parra nos advierte de su presencia amarrándose a la idea de este particular cultivo durante este tiempo. El invierno se muestra a través de un anciano, acurrucado y temblando de frío; algo que casa perfectamente con las descripciones que veremos posteriormente.

Le sigue de forma lógica la primavera, representada ésta por medio de una persona joven, abrazando un opulento ramo de flores y coronada, como mandan las fuentes, de una hermosa diadema a base de dichos elementos naturales. Y finalmente y como colofón del año está el verano, que cierra la composición del grupo escultórico con un ser de aspecto bastante robusto (como bien se indican en los textos que veremos a continuación) y con sus características espigas, tan propias de este tiempo tan seco, caluroso pero a la vez fértil para el campo y sobre lo que incidirán los escritores que analizaremos.

Con todo ello, el conjunto forma un “todo” perfecto en el que las alegorías se representan con total fidelidad y muy posiblemente siguiendo las fuentes literarias que las describen. Goya no será menos, y sí caminará por el mismo camino, aunque tomando en ocasiones senderos propios de él; o lo que es lo mismo, dándole un toque de originalidad a las obras, algo tan propio. Sus obras son, como veremos, la excepción que confirma la regla.

Palacio real de El Pardo, Madrid. Exterior.
El objetivo principal del demandante de estas obras, el rey Carlos III (1716-1788), era el de decorar las paredes del Palacio de El Pardo, cercano a Madrid, con tapices de lo más variopinto. El monarca pasaba la mayor parte del invierno en este lugar (la caza invitaba a ello, algo tan propio de las altas élites y que la corte tan consciente de ello era); por ese motivo Goya le imprimió al tapiz del invierno un sentido más especial, con más dureza que los demás ya que los personajes (se adivina que son españoles) reflejan la penuria y el sufrimiento por los que pasaba el pueblo llano durante esta estación, y el pintor quería que Carlos III fuese consciente de ello.

PRIMAVERA

La Primavera
Francisco de Goya
1786
Museo del Prado (Madrid)
Cuando hablamos de la primavera lo hacemos asignándole los atributos que tan conocidos son para nosotros, como es el de las flores, los animales y los diferentes juegos lúdicos entorno a ella. Además se identifica con una muchacha de escasa edad por coincidir con una época en la que el amor parece alterarse tras el frío invierno.

Hay similitudes muy relevantes entre algunas partes definidas por este y la obra de Goya, pues Cesare Ripa, remitiéndose a las Odas de Horacio afirma que la muchacha está acompañada con “(…) la flor que la tierra suelta produce”, lo cual nos advierte de la presencia de esta pequeña planta. 

Y en la Primavera de Goya se aprecia perfectamente en el suelo de la escena. Las flores que las mujeres portan y el animal de la escena de Goya que en este casi es pequeño conejo pero podría haber sido cualquier otro, tiene su reflejo en el Libro I de los Fastos, obra de Ovidio, en los que alude a: “… la hierba de la semilla asoma a la superficie del suelo (…) los pájaros con sus melodías acarician el tibio aire, en los prados el ganado juega y retoza (…) entonces el campo soporta los cultivos y se renueva por el arado, con justicia esta estación debió ser llamada año nuevo”

Pero una descripción más amplia de esta estación la encontraremos en la Metamorfosis, del mismo autor, en donde debe llamarnos la atención la última frase, en la que se hace mención a la conversación de los amores, algo que sin duda se está produciendo en el cuadro de pintor español:

“A la derecha está una doncella
Mas no está sin que se ría, juegue o baile
Es la estación que lleva falda verde
Sembrada de flores blancas, bermejas y amarillas
De rosa y leche es su rostro hermoso
Perlas sus dientes y coral sus labios
Tejiéndole coronas de diversas flores
Mientras comentan sus lascivos amores"

VERANO
Tras la primavera, llega el cálido verano. Cesare Ripa, en sus estudios, habla de él como una “joven de robusto aspecto coronada de espigas (…) vestida de amarillo y sosteniendo una antorcha encendida”. El hecho de que se aluda a la juventud y la fuerza no es casual; pues se justifica con el hecho de que es la estación relacionada con la juventud y el fuerte calor de la Tierra.

Por su parte la espiga va a cobrar protagonismo, tanto en la obra de Francisco de Goya como en los escritos y estudios iconográficos, considerándose en las fuentes como el principal fruto de esta estación. De lo mismo nos hablaría ya Ovidio, de nuevo en sus Metamorfosis, en la que explica que es “(…) el más robusto, ninguna estación es más robusta, ni más fértil, ni hay ninguna que arda más”. Continúa más adelante haciendo mención a aspectos que serán muy familiares con esta estación del año, como es el “calor”, el “fuego”, la “sequedad” o (una vez más) las “espigas”.

El Verano
Francisco de Goya
1787
Museo del Prado (Madrid)


El color con el que se relaciona el verano no es otro que el amarillo, por su similitud con las mieses maduras, color protagonista en la escena que nos acontece. Aunque el factor fundamental y al que se aludirá en todo momento es al calor, algo evidente y que recoge Manilio en su quinto libro:

“Pero cuando sus enormes mandíbulas el león de Nemea muestra,
Sale el perro y ladra llamas las canículas
Y con su fuego se enfurece y duplica los ardores del sol
Aplicando esta la tea a la tierra y agitando sus rayos”

Afirma Cesare Ripa que también era común entre los Antiguos (esta vez se apoya en las Deidades de Gregorio Giraldi) representar la estación más calurosa del año en base a Ceres con traje de matrona y con un brazado de espigas en su mano, en donde también podrían tener hueco las amapolas u otras hierbas que nos remitan a la producción natural de la tierra durante este período.

OTOÑO
El Otoño
Francisco de Goya
1787
Museo del Prado (Madrid)
Al hablar del otoño, Cesare Ripa nos adelanta que veremos esta estación como una "mujer gorda, madura y ricamente vestida” y sí, de nuevo es una mujer la que nos muestra Goya, pero no gorda y madura como afirma el citado autor, y curiosamente no tan ricamente vestida. Eso sí, sobre la cabeza, las uvas y las hojas tan propias de este período en el que la vendimia es el santo y seña de la tierra.

Que se pinte en edad madura no es algo aleatorio. Tiene su sentido al ser esta la estación del año en la cual maduran los frutos y las hojas de los árboles, como bien dice Cesare Ripa, caen de “cansancio” de engendrar y producir de la Tierra. No es el único que hace referencia a ello.

De nuevo nos remitimos a las Metamorfosis de Ovidio, en la que se hace eco de la “vejez” que caracteriza al otoño y que poco tiene que ver con lo que Goya tiene en su obra, en la que los jóvenes acaparan toda la atención mientras que unos ya curtidos vendimiadores llevan a cabo la ardua tarea de recolección:

“Viene después viene el otoño, depuesto el ardor de la juventud
Maduro y suave, entre joven y anciano
Por su templanza, con las sienes también sembradas de canas”
(…)
“Había un hombre más maduro al lado izquierdo
A dos de los tres meses a los que precede Agosto
Rojo de rostro, mas ya de barba blanca
Muy sucio y gordo, henchido ya de mosto
Tiene infecto el aliento y tarde se refresca
Pues su veneno se lo lleva al lecho
De uvas maduras trenza sus coronas
Así como de higos, bellotas y castañas encerradas en sus púas”

En otras ocasiones se ha representado al otoño a través de la figura de Baco, de nuevo con uvas y con un curioso tigre que intenta arrebatarle dicho fruto, aunque esto no tiene relación con la obra de Goya. En otras escenas lo vemos a través de una bacante o en la figura de Pompona.

INVIERNO
Cesare Ripa, en sus primeras alusiones habla del invierno como una mujer (de nuevo) “vieja, triste y canosa”, con ropas y paño grueso, arrimándose al calor para calentarse del frío, ya agotada, fría y melancólica. Todo ello es recogido por Ovidio en sus Metamorfosis, como en las otras estaciones: “Entonces viene el anciano terrible, invierno con tenebroso paso, privado de sus cabellos o blancos los que tiene” (I Metamorfosis)
“Un viejo apareció, que a cualquier horror supera, haciendo temblar a cuantos en él piensan. El sol sólo lo ve algunas veces, y esto de través, de modo que esta rigido, temblando y batiendo los dientes. Toda su piel, desde la cabeza a los pies, aparece helada pues congelaría el más ardiente rayo; y con su aliento tal niebla suele despedir que casi oscurece el esplendor del sol” (II Metamorfosis)

El Invierno
Francisco de Goya
1787
Museo del Prado (Madrid)


Las pieles de abrigo y los paños, como vemos en la obra del pintor, nos remiten, según Pierio Valeriano, que el frio y la quietud posterior al verano (y sus trabajos) unido al de sus riquezas, invitan a vivir lentamente y de forma tranquila. Horacio, en su Oda (libro I, Oda IX), afirma:

“¿Ves cómo se alza el Soracte blanco por nieve profunda y ya no sienten su peso los árboles fatigados y en cortante hielo los ríos se han detenido? Tú destruye el frío poniendo abundantemente leños sobre el hogar; y más generoso saca un vino de cuatro años, Tiliarco de un ánfora sabina”

En ocasiones podemos ver la representación del invierno a través de Vulcano desarrollando su tarea en su fragua, o a través de Eolo y sus particulares vientos que provocan las tempestades que caracterizan al invierno y le dan su esencia, de la cual carecen las del resto del año.

Nacimiento de Venus (detalle)
Sandro Botticelli
1483-1485
Galería Uffizi (Florencia)

Texto:
Manuel Jesús Torres Canalo




BIBLIOGRAFÍA
- GLENDINNING, Nigel, Arte, ideología y originalidad en la obra de Goya, Universidad de Salamanca, 2008.
- PRIEGO, Carmen, Arquitectura y espacio urbano de Madrid en los siglos XVII y XVIII, Museo de Historia de Madrid, 2007
- RIPA, Cesare, Iconología, Madrid, Akal, 1996
- SANCHO, José Luis, El Palacio Real de El Pardo, Barcelona, Lunwerg, 2001

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